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 En este país, estimados amigos, somos especialistas en no llamar a las cosas (y a las personas) por su nombre, en jugar al equívoco, en usar y abusar de los eufemismos hasta extremos increíbles y ridículos. Así, por ejemplo, en los últimos tiempos, los españoles en general y los periodistas, tertulianos y dirigentes políticos en particular, en el colmo de la sumisión a lo políticamente correcto, nos hemos puesto de acuerdo en llamar “monarca” a un elitista cazador de elefantes por cuenta ajena; “profesional”, a una señora, también de rancio abolengo, con cuernos perpetuos; “duque”, a un chorizo institucional de larga mano; “infanta”, a una tontita que no se enteraba de nada pero ponía el cazo; “secretario de las infantas” a un orondo y risueño conseguidor regio; “conde”, a un abúlico testaferro, también regio; “ex tesorero”, a un bribón coge taxis de cuello blanco; “sobrecogedor”, a todo político inmerso en apócrifos listados de dinero negro partidario…

 Y también, y de acuerdo con nuestro deprimido lenguaje social en el que la cobardía intelectual tiene gran peso especifico, los habitantes de este nuevo protectorado europeo denominado en la actualidad Merkelandia (antes, según la época, Celtiberia, Iberia, Hispania, Califato Cordobés, España, Borbonia…), nos hemos permitido calificar una y otra vez como “falso, salvo algunas cosas” a lo presuntamente muy veraz; como “cierto” a lo previamente manipulado; como “contrato en diferido y simulado” a lo que no deja de ser un descarado chantaje; como “indiscutible mayoría absoluta” a lo que a todas luces es una encubierta dictadura neoliberal; como “necesarios recortes” a las tajantes ordenes del nuevo Tercer Reich económico alemán… Sin olvidarnos del renuente trágala político consistente en llamar “Estado de las Autonomías” al demencial e ingobernable guirigay taifal, presuntamente federal, en el que a día de hoy nos ahogamos casi todos los ciudadanos españoles.

 

         Y no para ahí la cosa porque, dejando de lado la sabiduría popular de siglos pasados, los que ahora malvivimos en la antes boyante, y ahora reseca, piel de toro ibérica, no nos sonrojamos en absoluto cuando llamamos “amiga”, “amiga íntima”, amiga entrañable”, compañera de caza”, “acompañante regia” o “asesora estratégica”, a una señora de muy buen ver, extranjera ella, a la que nuestros antepasados, los vasallos borbónicos de toda la vida, no se hubieran cortado un pelo en cargarle el nada honroso sambenito popular de “querida”, “amante”, “favorita”, “mantenida regia”, concubina e, incluso, el a todas luces feo y detestable de “barragana”

Pero, amigos, así somos en este país. Tenemos una forma de ser y de hablar muy peculiar, utilizamos a mansalva la perífrasis y los eufemismos para enmascarar nuestro miedo y nuestro ancestral servilismo ante el poderoso. Ahora bien, a mí, que como escritor no tendría por qué molestarme para nada la libertad de expresión y el puro decir de cada quisqui, lo que más me desagrada (y por eso protesto) de todo este tinglado parabólico nacional es lo que acabo de mentar: el miedo, el miedo insuperable, el pánico (tanto personal como colectivo) de amplísimas capas de la sociedad española a enfrentarse al poderoso, al que gobierna, al famoso, al que tiene la sartén por el mango… que todavía en el presente, a comienzos del siglo XXI, sigue instalado, grabado a fuego, en el alma, teóricamente valerosa, de un pueblo como el español. Un pueblo, que si hacemos caso a la historia, conquistó medio mundo esparciendo por doquier cultura y esperanza y que en estos momentos se debate entre la pobreza, la sumisión y la ruina de los valores morales e intelectuales que fueron el motor de su valía histórica ¡Da pena de verdad, amigos!

Pero, y ya termino esta pequeña digresión personal sobre la actualidad que cubre la penosa realidad española ¿Por qué no nos rebelamos los españoles ante este lamentable estado de cosas? ¿A qué viene tanto miedo? ¿Qué tememos los ciudadanos de este país para arrastrarnos permanentemente ante el poderoso que desprecia y arruina nuestras vidas? ¿A un jefe del Estado cojo, lisiado, golferas, acabado, desprestigiado, enfermo, en permanente estado de revisión médica en el “taller” biológico (al que quizá ya esté unido con carácter permanente), que tuvo que pedir perdón por sus pecados al pueblo español (no al cardenal Rouco) y al que todo el mundo, incluidos los sorprendidos embajadores que presentan sus cartas credenciales esbozando una sonrisa ante su juego de muletas previo al besamanos, mira ya con una mezcla de compasión y deseo de que abandone cuanto antes su personal vía crucis? ¿Al presidente Rajoy, a punto de ser desahuciado de su vivienda oficial, con un partido cogido in fraganti cuando se repartía el botín del ladrillo, con una secretaria general que le ha salido tartamuda, con la espada de “Barcenocles” permanentemente sobre su cabeza (y la de todos los españoles) y que se pone como un flan en cuanto su aparato inmunológico le avisa de que la señora Merkel está cerca?              

¡Venga ya, amigos, a ponernos las pilas y a reaccionar cuanto antes que la cosa está fea y el futuro más negro que la boca de un lobo estepario! Empecemos a llamar a las cosas, y a las persona, por su nombre, sin miedo alguno. El miedo no es una rareza, es algo consustancial con el ser humano pero muy fácil de canjear por el valor, estado anímico mucho más placentero y que rinde bastantes más beneficios morales y espirituales; aunque, todo hay que decirlo, en la mayoría de los casos muy pocos materiales.

                           Fdo. Amadeo Martínez Inglés

                           Coronel. Escritor. Historiador 

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